



El trabajo de UNIR en Haití se ha caracterizado por generar espacios de encuentro, de vernos, de compartir. Sin embargo, en nuestro tercer año nos enfrentamos a una situación nueva: el aumento de la violencia de grupos armados en Puerto Príncipe.
En un contexto de permacrisis, donde la violencia limita los encuentros presenciales, dejar de vernos impacta directamente en la salud mental y en la vida colectiva.
Esto nos llevó a la imposibilidad de realizar actividades presenciales. Tuvimos que adaptarnos, incluso en nuestros cursos de español, pasando en la capital a un formato completamente virtual. A esto se sumó otro elemento difícil de nombrar, pero muy presente: un aire de desánimo colectivo. Nos dimos cuenta de que no podíamos sostener la esperanza de manera individual, porque la esperanza también es colectiva.
Frente a este contexto, decidimos hacer una pausa. Pensar cómo podíamos reconectar, encontrarnos.
Una apuesta por el cuidado colectivo
Esta primera campaña nació como un acto profundamente comunitario y pedagógico. Fue una campaña cerrada, pensada para la familia UNIR en Haití. No buscábamos hacer algo público, sino generar un espacio para nosotras mismas.
Nos inspiramos en nuestras propias formas de encuentro en Haití: los carnavales, las fiestas, esos espacios donde, más allá de la celebración, las personas hablan, se conectan y se reencuentran.
Creamos un espacio sencillo pero potente: un grupo de WhatsApp. Ahí, personas que vivían en distintos territorios —desde Puerto Príncipe hasta el norte del país— comenzaron a compartir, escucharse y reconocerse como parte de algo común.
El juego como forma de participar
La campaña se organizó a partir de desafíos, que agrupamos en cuatro bloques:
- inspiración y reconocimiento
- bienestar y creatividad
- desconectar y reconectar
- motivación y comunidad
Estos bloques buscaban abrir espacios para reconocernos, agradecer, cuidar el bienestar y hacer de la desconexión una pausa significativa.
Durante aproximadamente tres meses, propusimos tres retos por semana.
Cada persona podía elegir cómo y cuándo participar. El objetivo no era cumplir, sino estar presentes.
Algunos retos eran tan simples como llamar a alguien con quien no se hablaba hace tiempo. En uno de esos momentos, una persona compartió que llevaba años sin comunicarse con un amigo, y que gracias al reto volvió a hacerlo.
El sistema de puntos no buscaba generar competencia, sino recuperar el juego como una forma de involucrarse sin presión y sin miedo a equivocarse.
Poco a poco, el grupo se fue llenando de pequeños gestos: fotos del día a día, recetas compartidas, mensajes de ánimo y recuerdos de familia que muchas personas escribieron con detalle, como si volvieran a habitar esos momentos.
Lo que empezó a cambiar
Más de 50 personas participaron activamente en esta experiencia.
Pero más allá de los números, lo que comenzó a transformarse fue el ánimo colectivo. Las personas compartían que se sentían más tranquilas, más acompañadas, menos solas.
Un proceso que abrió camino
“Desconectar para reconectar” no fue solo una campaña.
Sentó una base emocional y comunitaria que nos permitió seguir juntas, incluso en medio de la incertidumbre.
A través de los desafíos comenzamos no solo a reconectar entre nosotras, sino también a preguntarnos por nuestro entorno: cómo cuidar, cómo aportar, cómo sostener lo común en la distancia.
De ahí surgió una pregunta que marcó el siguiente paso:
¿cómo llevar este cuidado más allá de nosotras mismas y hacia el territorio?
Con esa pregunta comenzó a tomar forma nuestra siguiente campaña: Plantar para reconectar.




